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Polémica: "La sociedad paraguaya no está a favor de los indígenas" ELPAIS.COM

Don Felipe entrega el Premio Bartolomé de las Casas
al jesuita Bartomeu Melía- EFE

La mirada de Bartomeu Meliá (Porreres, 1932) mantiene la curiosidad de un niño. El sacerdote jesuita español recorre cada detalle de los salones de la Casa de América de Madrid. "¡He visto serpientes que miden lo que este salón!", exclama y señala un espacio de ocho metros de longitud. Meliá recibió ayer el Premio Bartolomé de las Casas en reconocimiento por su profundo estudio de la lengua guaraní y su férrea defensa de los indígenas de Paraguay. Una causa que abrazó en los años cincuenta, por la que fue expulsado del país en 1977 y por la que volvió en cuanto fue destituido el régimen que lo había desterrado. "No he dejado de trabajar", comenta.

Meliá llegó a Paraguay en 1954, a unos meses del ascenso al poder de Alfredo Stroessner, dictador que gobernó con puño de hierro durante 35 años. "Entonces tenía toda la ilusión de los antiguos misioneros", recuerda. "Yo sentía que iba a ser san Francisco Xavier y que me mandarían a China, o a Japón, o a la India". Cuando llegó la propuesta para ir a Paraguay no lo pensó dos veces. "Me preguntaron si quería ir y dije que por supuesto. Lo que más agradezco es que la primera actividad que tuve fue comenzar el aprendizaje de la lengua guaraní".
La dictadura de Stroessner pagaba 70.000 guaraníes (unos 10,60 euros) por indígena muerto
"No se puede aprender si no se escucha", explica el sacerdote mallorquín
Meliá bromea sobre su conocimiento del guaraní, una de las dos lenguas oficiales de Paraguay. "Aprender lenguas ejercita una virtud que en España se practica muy poco: escuchar. No se aprende si no se escucha. Mejor dicho, no hay sabiduría si uno no escucha", comenta. "Cuando uno aprende una lengua extranjera, todos los días se pregunta: '¿Algún día lo conseguiré?'. Yo todavía me lo pregunto, si algún día podré hablar el guaraní", comenta entre risas.
Aunque el hecho es que pocos (muy pocos) conocen la lengua y cultura guaraní como Meliá. Desde su llegada, el sacerdote mallorquín buscó la integración con las comunidades indígenas del país. "Conocía a paraguayos que hablaban guaraní, pero no a los guaraníes y son una sociedad completamente distinta", explica. Consiguió ser aceptado por los indígenas aché-guayaki, y perseguido por la dictadura de Stroessner. "Tuve la gran suerte de que me aceptaran". Recuerda con nostalgia los paseos por la selva -"para conocer a un guaraní hay que caminar con él"- y su integración en las ceremonias sociales y religiosas: "Tienes sensaciones que mi religión, la católica, difícilmente consigue".
"Dormir en el suelo también es pedagogía"
El jesuita sonríe cuando relata los recuerdos de su vida en la selva. "Dormíamos en el suelo, lo cual también es una pedagogía, y aprender a tomar mate cuando sale el sol, que son sensibilidades que han perdido las sociedades modernas. Nadie tiene tiempo para fijarse si la ventana del piso en el que vive da al oriente o al poniente. La ventana da a donde da", asegura. ¿Y tenía ese espíritu aventurero? "¡No! Yo no me subía a los árboles ni de niño, siempre fui el chico de los papeles. Antes de ir a Paraguay, era el que llevaba la biblioteca". Supo combinar las anécdotas en la selva con su amor por los libros. En 1969 firmó una tesis doctoral en la Universidad de Estrasburgo sobre la lengua guaraní bajo el título La creación de un lenguaje cristiano en las misiones de los guaraníes en el Paraguay.
Su prolija carrera llama la atención. Además de los paseos por la selva y la redacción de una tesis, Meliá se las arregló para dar clases de etnología y cultura guaraní en la Universidad Católica de Asunción, y dirigir las revistas Suplemento Antropológico yAcción, una publicación jesuita. "Era el perejil de todas las salsas", comenta. Y también se metió en aprietos con el régimen por denunciar los abusos sobre los pueblos indígenas. "Durante la dictadura, más de dos millones de hectáreas pasaron a manos de terratenientes, militares y empresarios vinculados al régimen. Se trata de propiedades que fueron vendidas y revendidas", señala.
A esos abusos se añade la masacre sistemática del pueblo aché-guayaki, que llegó al punto de que el régimen de Stroessner pagaba 70.000 guaraníes (unos 10,60 euros al tipo de cambio actual) por indígena muerto. Meliá firmó un trabajo que recopilaba los datos sobre la masacre. Su informe tuvo tal repercusión que el entonces presidente estadounidense Jimmy Carter (1976-1980) ordenó al Gobierno paraguayo que esclareciera las circunstancias del genocidio. La respuesta del régimen fue tajante. El genocidio era un invento, los denunciantes mentían y, para acabar pronto, los echó del país. Meliá entre ellos. "Se inventaron que pertenecíamos a la línea Moscú, ¡yo todavía quiero que alguien me explique lo que era tal cosa!", exclama. Fue expulsado del país en 1977.
Tras una breve temporada en Roma, Meliá volvió a Sudamérica y se estableció en Brasil, donde convivió con los indígenas enawene-nawé en el Estado de Mato Grosso do Sul, al sureste del país. La tribu, establecida en el inicio de la cuenca amazónica, no había tenido contacto exterior hasta pocos años antes de su llegada. "Ni siquiera los indígenas vecinos sabían que ellos estaban ahí", comenta. El jesuita es crítico con los programas de integración de los indígenas en las sociedades urbanas a raíz de esa experiencia. "Entonces se esperaba educar a los indígenas para convertirlos en brasileños ejemplares, sin preguntarles si eso es lo que querían o si así serían felices", subraya. "No se puede simplemente reemplazar una cultura por la otra".
Pasaron 15 años para que volviera a Paraguay. Llegó a Asunción justo el día en que cayó el régimen de Stroessner: el 3 de febrero de 1989. "Desde entonces sigo trabajando", apostilla. La edad no ha conseguido reducir su entrega a las causas indígenas. "Ya no puedo dormir en el suelo ni hacer largas caminatas, tengo 79 años, pero todavía hay muchos motivos para trabajar", insiste. Meliá asegura que aún no hay justicia para los indígenas asesinados, vejados y despojados de su tierra. "La Corte Interamericana de Derechos Humanos [situada en San José, Costa Rica] ha fallado tres veces para que el Gobierno paraguayo restituya las tierras a los pueblos", describe. El fallo más reciente es de octubre de 2010. "Y la sociedad paraguaya no está a favor de los indígenas. Hablan el guaraní y hablan de 'nuestros hermanos los indígenas', pero en la práctica no es así".

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