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Cultura: Un viaje a los contrastes de un Paraguay pasado

IMAGENES. ARCHIVOS DE PADRES Y ABUELOS PARAGUAYOS SON RESIGNIFICADOS EN LAS FOTOS Y VIDEOS DE LA MUESTRA.

Entre los países vecinos, Paraguay es seguramente el que más ha aportado a la cultura popular argentina. Sin embargo, no hay en Buenos Aires muchas muestras claras de esta relación. En medio de ese silencio, y con la excusa del bicentenario del país hermano, el Centro Cultural Recoleta inauguró una exhibición de video, fotografía e instalaciones que viene a romper con el mutismo, aunque lo haga con voz baja. Es que si el silencio de afuera resulta indecoroso, el de adentro surge del respeto, del cuidado que requiere el ejercicio de la memoria.
Justamente, la intención de la curadora, Victoria Verlichak fue “reunir a dos artistas paraguayos, Ángel Yegros y Joaquín Sánchez, y dos artistas argentinas con ascendencia paraguaya, Matilde Marín y Luna Paiva para que trabajen sobre sus historias personales, que, cómo no podía ser de otra manera, están atravesadas por la otra historia, la de los pueblos”.
Angel Yegros (1943) presenta un video, en el que aparece él mismo en la intimidad de su casa. Lee con voz clara un poema escrito por su bisabuelo, Fulgencio Yegros, héroe de la independencia, lee mientras intenta reconstruir los pedazos de ese papel amarillento donde transcurren los versos. Con la cadencia del castellano señorial, las rimas siguen sonando cuando el artista revisa su árbol genealógico, los cuadernos de sus abuelos, las cartas.
Matilde Marín (1948) también apela a los archivos de sus ancestros, pero los deja en la sala, sobre una mesa. Las fotos, los recortes de diarios, la portada de un programa de teatro, invitan a imaginar el relato. A modo de síntesis, la suya propia, Marín presenta tres fotos de gran formato: el patio de una casona colonial, una laguna interminable poblada por garzas y el patio de una casa rural con su hamaca, acaso el lugar ideal para tirarse a soñar el pasado.
Joaquín Sánchez (1975) cubre toda una pared con su video. Se escucha el murmullo del agua. La vieja lavandera lava sus sábanas en el arroyo donde ocurrió la última batalla de la guerra Guazú, la Guerra de la Triple Alianza: 3500 niños con barbas y bigotes de crin de caballo, masacrados por un ejército de 20 mil soldados. Como banderas de la paz, las sábanas ondean, como fantasmas.
Luna Paiva (1980) es la que se sale del libreto, con un recorrido en tres pasos. Su primera obra es un video realizado con las fotos de su padre, el fotógrafo Rolando Paiva, en su último viaje al Paraguay. Paiva-hija las funde, recorta las figuras, las anima, y da forma a este paraíso subtropical. Junto al dispositivo del video, una maqueta muestra un rincón de esa selva. Finalmente, hacia el centro de la sala, la artista ubica el perfil de un pajarito transiluminado, la única presencia de color en la muestra. Claramente, Verlichak eligió la necesaria mirada hacia atrás, hacia los fragmentos de un Paraguay pasado. Pero el pajarito de Paiva funciona como un alerta. Hay otro Paraguay, hay otros caminos, que nos están invitando.

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