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La Historia del Paraguay en 20 capítulos - Hoy capítulo 8


Solano López consolidó su poder después de la muerte de su padre en 1862 imponiendo silencio a varios críticos y aspirantes a reformador a través de la cárcel. Otro congreso paraguayo lo eligió presidente unánimemente. Solano López hubiera hecho bien en considerar las últimas palabras de su padre que le aconsejaba evitar actos agresivos en los asuntos extranjeros sobre todo con el Brasil. La política exterior de Solano López subvaloró inmensamente a los vecinos de Paraguay y otorgó excesivo valor al potencial de Paraguay como una potencia militar.

Los observadores discreparon grandemente sobre Solano López. George Thompson, un ingeniero inglés que trabajó para el joven López (el británico se distinguió como oficial paraguayo durante la Guerra de la Triple Alianza y después escribió un libro sobre su experiencia) tenía palabras ásperas para su ex-patrón y comandante y lo llamaba "un monstruo sin igual". La conducta de Solano López ponía en evidencia tales cargos. En primer lugar, los cálculos erróneos y ambiciones de Solano López zambulleron al Paraguay en una guerra con la Argentina, el Brasil y el Uruguay. Esa guerra produjo la muerte de la mitad de la población paraguaya y casi eliminó al país de la faz de la Tierra. Durante la guerra, Solano López decretó las ejecuciones de sus propios hermanos y mandó a torturar a su madre y hermanas cuando sospechó de ellos como opositores. Miles de personas, inclusive los mejores soldados y generales también sufrieron la muerte delante de pelotones de fusilamiento o ser descuartizados por órdenes de Solano López. Otros vieron en Solano López como un paranoico megalómano, un hombre que quiso ser el "Napoleón de Sudamérica" solo para reducir su país en la ruina y convertir a sus compatriotas en mendigos en su vana búsqueda de gloria.

Sin embargo los nacionalistas paraguayos simpatizantes de ese militar y los historiadores revisionistas extranjeros han retratado a Solano López como un patriota que, pese a sus defectos de conducta, se resistió hasta el último hálito los planes argentinos y brasileños en Paraguay dando así su propia vida en la última batalla. Para ellos el mariscal era una figura trágica atrapada en un tejido de duplicidad argentina y brasileña y que movilizó la nación para expulsar a sus enemigos y los rechazaba heroicamente durante cinco sangrientos años llenos de horror hasta que Paraguay fue totalmente invadido y postrado. Durante los años de Stroessner, los paraguayos consideraban a Solano López como el máximo héroe de la nación. Esa glorificación stronista de un mariscal vanidoso y derrotado fue considerada para mucha gente como una maniobra para tapar la memoria brillante y fresca de un mariscal decente y vencedor en la posterior Guerra del Chaco pero que comulgaba ideas liberales que era José Félix Estigarribia.

El fracaso principal de Solano López fue que no captó los cambios que se habían producido en la región desde los tiempos de Francia. Bajo el mandato de su padre, las prolongadas, sangrientas y confusas señas de nacimiento y crecimiento de los estados rioplatenses, las políticas belicosas del Brasil y las políticas neutrales de Francia funcionaron preservando la independencia paraguaya. Pero el caso se afeó cuando la Argentina y el Brasil afirmaron finalmente sus identidades y se mostraron más unidos en su interior. Por ejemplo, Argentina empezó a tratar sus asuntos exteriores como una nación y no como parte de la región como esperaban los paraguayos. El esfuerzo de Solano López de equiparar al Paraguay como un poder regional a la par de la Argentina y del Brasil solo acarrearía funestas consecuencias.


El estallido de la Matanza de América

Solano López interpretó la intervención brasileña en Uruguay en septiembre de 1864 como un desaire a los países menos fuertes de la región. Estuvo correcto el presidente paraguayo en la idea de que ni Brasil tampoco Argentina prestaron alguna atención a los intereses de Paraguay cuando formularon sus políticas. Pero concluyó incorrectamente que el poder conservar la independencia uruguaya era crucial para el futuro de Paraguay como nación. Siguió con sus planes para crear al Paraguay como una "tercera fuerza" entre Argentina y Brasil, Solano López comprometió a la nación en la ayuda al Uruguay. Como Argentina no reaccionó a la invasión del Brasil al Uruguay, Solano López capturó un buque de guerra brasileño en noviembre de 1864. Luego prosiguió con una invasión al Matto Grosso, Brasil, en marzo de 1865, una acción que demostró ser uno de los pocos éxitos paraguayos durante la guerra. Solano López decidió golpear a la fuerza principal de su enemigo en la propia tierra uruguaya. Pero no se percató de que la Argentina había aprobado tibiamente a la política de Brasil sobre el Uruguay y no apoyaría al Paraguay contra el Brasil. Cuando el ya autonombrado mariscal Solano López pidió permiso para cruzar territorio argentino para su ejército para poder atacar la provincia brasileña del Río Grande do Sul, Argentina se negó no muy claramente a ese pedido. Decidido igualmente el mariscal envió sus fuerzas a través de la provincia argentina de Corrientes que se interponía entre Paraguay y la ya citada provincia brasileña y esperó encontrar ahí apoyo local fuerte que tenía memoria confederada, empleaba misma lengua guaraní y odio hacia el dominante porteño, lo cual lo halló pero a medias. En cambio, esa acción decidió a Argentina, al Brasil y al Uruguay (ahora reducido como estado títere) para firmar el Tratado de la Triple Alianza en el mayor de los secretos en mayo de 1865. Bajo el tratado estas naciones se juramentaron destruir al gobierno de Francisco Solano López y repartir el país entre las mayores potencias.

Paraguay no estaba para nada preparado para una guerra de escala mayor, pero el mariscal igual decidió hacerla. En términos de cantidad, el ejército paraguayo con 30.000 hombres era el más poderoso en América Latina. Pero la fuerza del ejército era una mera ilusión ya que le faltaba una dirección especializada, una provisión fiable de armas y material y reservas adecuadas. Desde los días del Supremo, los cuerpos de oficiales habían sido abandonados por razones políticas. El ejército padeció una escasez crítica de personal capacitado y de rango y muchas de sus unidades combatientes estaban mal entrenadas. Al Paraguay le faltó la base industrial para reemplazar las armas perdidas en batalla y la alianza argentino-brasileña bloqueó la recepción paraguaya de armamento enviado desde el extranjero. La población de Paraguay sólo llegaba a aproximadamente 450.000 en 1865, un número más bajo que la cantidad de efectivos de la Guardia Nacional brasileña, y era equivalente a la vigésima parte de la población aliada combinada que sumaba once millones de almas. Solano López llegó a reclutar hasta niños de diez años y forzar a las mujeres a realizar tareas no militares pero aún así, jamás pudo desplegar en el campo de batalla un ejército más grande que el de sus rivales.

Aparte de algunas victorias paraguayas en el frente norteño, la guerra fue un desastre para el mariscal López. El grueso del ejército paraguayo entró en Corrientes en abril de 1865. Para julio del mismo año más de la mitad de la fuerza de 30.000 hombres fue exterminado o capturado junto con las mejores armas y artillería. La guerra tórnose en un desesperado forcejeo para la supervivencia de la nación. Era salir a matar o morir. En mayo de 1866, los paraguayos libraron la batalla de Tuyutí, que fue una espantosa derrota.

Los periodistas ingleses publicaron el tratado secreto de la Triple Alianza. Eso provocó innumerables reacciones a favor del Paraguay. El afamado jurista argentino Alberdi de tendencia confederada desde Europa se convirtió en el campeón de la causa paraguaya y los países americanos con costa en el Pacífico clamaron por un cese inmediato de hostilidades y protestaron agriamente por los términos del tratado. El presidente de Bolivia, general Melgarejo, hasta ofreció un ejército de 12.000 hombres a favor del mariscal López. Desde el momento en que el territorio argentino quedó libre de invasores, la opinión de las provincias argentinas e importantes hombres públicos porteños juzgaron que no había más razón de guerra, pidieron un cese de fuego inmediato y abogaron por el Paraguay. Esa misma gente impidió que Argentina hiciera efectiva su parte del tratado secreto (que era repartir el Paraguay con el Brasil) después de la guerra aunque aceptó la anexación de territorios paraguayos a su país.

Mientras tanto en medio de esa polémica mundial, los aliados sufrieron una estrepitosa derrota en Curupaity el 22 de septiembre de 1866 a manos del valiente coronel José Eduvigis Díaz y sus pocos hombres en la cumbre del cerro del mismo nombre. Del lado aliado, hubo decenas de miles de muertos mientras los guaraníes solo perdieron menos de cien. Fue algo muy chocante sobre todo para la moral argentina, que hasta consideró retirar su ejército de la Alianza.

Los soldados paraguayos desplegaron una inusitada valentía suicida, sobre todo considerando que Solano López mandó a fusilar o torturar a varios de ellos hasta por nimias ofensas. Las unidades de la caballería operaron de a pie por falta de caballos. Batallones de infantería navales armados sólo con machetes atacaron acorazados brasileños. Los ataques suicidas produjeron verdaderos campos de cadáveres. Pero el cólera también se cobró su cuota. A través de 1867 Paraguay había perdido 60.000 hombres por acciones bélicas, enfermedades varias o capturas y otros 60.000 soldados fueron llamados bajo bandera. Solano López inclusive alistó esclavos y las unidades de infantería reclutaron hasta a niños. Se obligaron a las mujeres a que realizaran trabajo de apoyo detrás de la línea de fuego. La escasez de material era tan severa que las tropas paraguayas entraron semidesnudos al combate e incluso hasta coroneles fueron descalzos al campo de acción, según un observador. El carácter defensivo de la guerra, combinado con la tenacidad paraguaya y la ingenuidad y la dificultad que ocasionó la mutua cooperación que tenían los brasileños y argentinos, dio al conflicto un carácter de guerra friccionada. Al Paraguay le faltaron los recursos para poder continuar la guerra contra los gigantes de Sudamérica.

Cuando la guerra se acercó a su inevitable desenlace, Solano López se imaginó rodeado por una inmensa conspiración, entonces ordenó miles de ejecuciones en el ejército además de dos hermanos y dos cuñados, ministros, oficiales militares y cerca de 500 extranjeros, incluyendo varios diplomáticos. Era el famoso "proceso de San Fernando", un capítulo negro y vergonzoso de la historia guaraní. Ordenó matar a sus víctimas con lanzas para poder ahorrar municiones. Los cuerpos fueron enterrados en una fosa común. Su cruel tratamiento para con los prisioneros era proverbial. El mariscal López condenó a sus propios soldados a la muerte si ellos no cumplían hasta el más mínimo detalle sus órdenes. "Conquistar o morirse" era el lema diario.



La rendición tras largo sitio del fuerte de Humaitá ante fuerzas argentinas el 24 de julio de 1868 fue decisivo para el curso de la guerra porque ese fuerte era la llave de entrada al Paraguay. Tan heroica fue la resistencia paraguaya que cuando salieron los hombres semidesnutridos y casi desnudos, sin municiones, fueron acogidos con altos honores de parte del enemigo en reconocimiento a su valor en combate. En Ytororó y Abay, el general Bernardino Caballero ofreció gallarda resistencia hasta el último hombre contra los avances brasileños para que el mariscal pudiera organizar una batalla decisiva en las Lomas Valentinas donde en 17 de diciembre de 1868 fue atacado igualmente por fuerzas enemigas muy grandes. López pudo salir en retirada después de siete días de combates pero no sin haber fusilado antes a su hermano Benigno López, al obispo Palacios y su canciller José Berges.

Las tropas aliadas entraron en Asunción en enero de 1869, pero Solano López tuvo suerte porque el marqués brasileño Caxias consideró que ocupando la capital en vez de prenderlo daba por terminada la guerra. López logró rejuntar un ejército de 12.000 almas que en realidad eran viejos, niños y mujeres entre Azcurra y Caacupé. Al Brasil le irritó esa cuasi milagrosa supervivencia del tirano paraguayo y decidió continuar la guerra ya sin cuartel. Los argentinos y uruguayos consideraron que ocupando Asunción la guerra se acabó para ellos, dejaron unos regimientos en el lugar y se marcharon de regreso a sus países.

Los brasileños hicieron salvajadas. El 12 de agosto de 1869 ganaron la dramática batalla de Piribebuy y no conformes con eso, incendiaron el hospital repleto de heridos y degollaron al comandante del lugar el mayor Pedro Pablo Caballero. El 16 de agosto de 1869, López dispuso un ejército integrado enteramente por niños para enfrentar a las hordas brasileñas en el fatídico combate de Acosta Ñú… ninguno de los infantes sobrevivió. Hoy en la actualidad en esa fecha se celebra el Día del Niño en todo el territorio paraguayo con una sensibilidad especial.

López debió de huir aún más dentro del país hasta que encontró la muerte lanceado por un soldado brasileño a orillas del arroyo Aquidabán en Cerro Corá. Fue el día 1° de marzo de 1870. Con las palabras postreras "muero con mi patria" en los labios del cruel tirano se acabó la guerra más sangrienta que jamás ha visto América. El año 1870 marcó el punto más bajo en la historia paraguaya. Cientos de miles de paraguayos habían muerto. Degradado y prácticamente destruido, el Paraguay tuvo que soportar una larga ocupación por tropas extranjeras y ceder enormes extensiones de territorio soberano al Brasil y a la Argentina.

A pesar de varias versiones de los historiadores de lo que pasó entre 1865 y 1870, el mariscal Francisco Solano López no era totalmente responsable de la guerra. Sus causas eran muy complejas e incluían el enojo porteño por la añeja intromisión de Carlos Antonio López en Corrientes. El viejo López también había enfurecido a los brasileños por no haber ayudado a derrocar al tirano porteño Rosas en 1852 y por haber forzado a tropas brasileñas fuera de territorio reclamado por Paraguay en 1850 y 1855 en vez de intentar un trato muy flexible con ellos. Carlos A. López se resintió por haber concedido derechos de navegación libre al Brasil sobre el Río Paraguay en 1858. Argentina le disputó la propiedad del territorio de Misiones que estaba entre el Río Paraná y Río Uruguay y Brasil tenía sus propias ideas sobre el límite brasileño paraguayo. A estos problemas se le agregó el vórtice uruguayo que tocó el ego de Solano López. Carlos Antonio López había sobrevivido principalmente gracias a una buena dosis de cautela y un poco de suerte. Lo que precisamente le faltó a su díscolo hijo.


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